A quién va dirigido el Manual


Para el Polimodal
De COMUNICACIÓN, ARTE Y DISEÑO,
Para los talleres de Enseñanza Libre,
Para los que sueñan y no quieren levantarse,
Para los que muertos en vida van a la peluquería por un flequillo mejor,
Para los que tosen por fumar tanto,
Para aquellos que esperan el décimo día del tercer milenio para ver la catástrofe que tanto los excita, palpable y evidente frente a sus narices,
Para todos los hipócritas que se hinchan de tanto leer,
Y para quienes nos desprestigian en las aulas haciendo un uso irresponsable de estos recursos didácticos,
A todos ellos
les decimos: ADELANTE!


Alabanzas de la gramática
por M. Fabio Quintiliano

EL NIÑO que sabe ya leer y escribir, lo primero que debe aprender es la gramática, bien entendamos la griega o la latina, aunque yo gustaría que primero se estudiase la griega. El mismo método hay para la una que para la otra. Reduciéndose, pues, este estudio tan sólo a dos cosas, que son: saber hablar y explicar los poetas, más es lo que encierra en el fondo que lo que manifiesta. Porque el escribir va incluido en el hablar y la explicación de los poetas supone ya el leer correctamente, en lo cual se incluye la crítica. De ella usaron los gramáticos antiguos con tanto rigor que, no solamente censuraban los versos y libros de títulos supuestos, tomándose la licencia de quitarles el nombre del autor que, a su parecer, falsamente llevaban, sino que a otros autores los redujeron a ciertas clases, quitando a otros de este número[1]. Ni basta el haber leído los poetas. Se han de revolver todos los escritores, no solamente por las historias que contienen, sino también por las palabras que reciben autoridad de aquellos que las usaron. Ni puede ser uno perfecto gramático sin la música, pues ha de tratar del metro y ritmo[2]. Ni podrá entender los poetas sin algún conocimiento de la esfera celeste, los cuales para la explicación de los tiempos (dejando a un lado otras materias) hacen tanto uso del nacimiento y ocaso de los astros. No debe tampoco ignorar la filosofía, ya para entender muchísimos pasajes de los poetas, tomados de lo más recóndito de las cuestiones naturales, ya para interpretar a Empédocles entre los griegos y a Varrón y Lucrecio entre los latinos, que dejaron escrita en verso la filosofía. Se necesita también de más que mediana elocuencia para hablar con propiedad y afluencia en cada una de las cosas que llevamos dichas. Por donde no se puede sufrir a los que neciamente dicen ser esta arte de poco momento y cosa excusada. En la que si no echare firmes cimientos el que ha de ser orador, cuanto sobre ello edifique irá en falso. Esta es aquella arte necesaria a los niños, gustosa a los ancianos, dulce compañera en la soledad, y ella sola entre todos los estudios tiene más de trabajo que de lucimiento.

INSTITUCIONES ORATORIAS. Traducción directa del latín, por los Padres de las escuelas Pías: Ignacio Rodríguez y Pedro Sandier. Buenos Aires, Joaquín Gil Editor, 1944.


[1] Habla, sin duda, de la crítica con que fueron reduciendo los autores a las edades de la lengua latina, dejando para la de hierro y barro a los de peor nota.
[2] Metro se dice de la medida y cadencia del verso; ritmo de la concinidad, armonía y número oratorio, para el cual el oído y delicada pronunciación de los antiguos admitía su diferencia de pies.

Turguéniev y la ortografía



En GRAMÁTICA Y EJERCICIOS DE IDIOMA de Roberto Giusti, un clásico de la didáctica de la lengua que se renueva por sí solo año a año, encontramos este sano ejercicio de lectura comprensiva y competencia ortográfica, al que -suponemos- sabrán sacar el jugo nuestros novelistas y poetas en sus altillos.

Leer en alta voz y comentar la página siguiente:

COMETER FALTAS DE ORTOGRAFÍA ES MUY FEO

El escritor ruso Iván Turguéniev, ilustre novelista del siglo XIX, escribía el año 1858 a su hija Paulina, de dieciséis años, reprochándole sus faltas de ortografía:
“Oigo decir que trabajas bien desde hace algún tiempo y que están contentos de ti; eso me alegra mucho, pero te conjuro de concentrar un poco tu atención: toma la costumbre de reflexionar, hija mía, que es indispensable en la vida. Insistir tanto sobre la ortografía como lo hago, parece una pequeñez; sin embargo, aparte de que tenemos perfectamente el derecho de juzgar la educación de cualquiera por su modo de escribir, también hay motivo para suponer que si falla la atención en las cosas chicas, ella será todavía mucho más débil en las grandes. En fin, cometer faltas de ortografía es muy feo: es lo mismo que si te sonaras la nariz con los dedos.”
Editorial Estrada, 1942.



Módulo G

Contamos con un sujeto N al que proponemos completar una planilla correspondiente al Inventario de Autoestima Coopersmith. A este sujeto le aplicamos la variable experimental G y luego le realizamos las mediciones de rutina. En la fila de al lado reseñamos el caso del sujeto L, que completa una planilla pero sin haber realizado el curso previo (no se lo somete a un Módulo G) ya que funciona como grupo de control. Este sujeto L también tiene que ser medido antes de que se enfrente con una planilla Coopersmith. Si los sujetos N y L completan la planilla sin haber sido medidos antes, no tendremos con qué comparar estos resultados que serán lo mismo que una cifra invisible. Una vez alineados los sujetos frente a las planillas experimentales, comienzan a responder el cuestionario, hacer los dibujos, las cruces, los pentagramas, la redacción sobre el matrimonio, el taller de poesía y luego se los enfrenta a un problema concreto: “Hacer un inventario de cosas que contengan manija”. Pasos que debe dar el aspirante a completar un Inventario Coopersmith: contamos con un sujeto L al que no exponemos a una variable G (no asiste al curso previo) pero completa planilla. Observamos cómo reacciona el sujeto N en el Módulo G.

b8G

Figura 1. Recorrido que realiza el sujeto cuando ingresa
en la variable experimental.

En general, los sujetos sometidos a este módulo experimental anotan, arman cuadros y diagramas de flujo y copian lo más importante, completan lo que marca la estadística en lo que se refiere a las planillas. Pero no logran percibir el hedor: hay información sensorial que no es recibida por el cerebro.





ACERCA DE LOS SNOBS UNIVERSITARIOS
W. M. Thackeray: El libro de los snobs, La Plata, Editorial Calomino, 1944.
No me cansaría nunca de ir presentando tipos sacados de la galería de snobs universitarios: tan variados y tan agradables son todos ellos.
Aquí encajaría a maravilla un estudio acerca de las esposas y de las hijas de ciertos snobs del claustro de la Universidad; sus gustos y sus costumbres, sus menudas rivalidades, la inocente liga que emplean para cazar novios, las giras campestres, los conciertos y las tertulias. Bien me acuerdo de Emilia Blades, hija del catedrático de tártaro manchú. ¿Qué habrá sido de ella? Como si la viera, ofreciendo los alabastrinos hombros a las miradas de los estudiantes de Corpus and Catherine Hall, en medio de los cuales estaba sentada, repartiéndoles las dulces miradas de reojo y cantándoles romanzas francesas con acompañamiento y guitarra. ¿Serás esposa y madre feliz, oh Emilia de los hombros arrobadores? ¿Qué se hicieron los ondulantes rizos que los cubrían con un manto regio, chispeando a la luz del sol como las olas marinas; y el talle enloquecedor aprisionado bajo una túnica de hada; y el espléndido camafeo grande como un escudo antiguo, y los treinta y seis estudiantes que suspiraban al unísono por la bella Emilia? ¿Cómo explicar la compasión, o mejor la envidia, el rencor que inspiraba a la señorita Trumps, hija del doctor Trumps, catedrático de Flebotomía, porque no bizqueaba ni tenía la cara pecosa de viruelas?
Respecto de los snobs que se sientan aún en los bancos de las aulas, bien pocos recuerdos conserva mi memoria, transcurridos tantos años desde que era yo su compañero.
Por un snob hecho y derecho se tenía en mis tiempos al muchacho candoroso y aprovechado que hacía las cosas al reloj, presentado como el fénix de la clase. Calificación inmerecida para quien iba cumpliendo su misión en la vida, socorriendo con sus ahorros al patriarca de la familia, encargado de la cura de almas en un lugarejo del Westmoreland y ayudando a sus hermanas para que pusieran un colegio de señoritas. Más tarde redactaba un diccionario o una monografía sobre las secciones cónicas, y después de triunfar en los ejercicios para el título de catedrático supernumerario, se casaba y obtenía el ansiado beneficio. A más de un párroco conozco que se enorgullece de ser socio del Club de la Universidad, adorado por sus feligreses, que con sus ronquidos le corean los sermones. En todo caso el snob serás tú, hijo mío, si desdeñas a un hombre que cumple dignamente sus deberes y le niegas la mano porque lleva guantes de lana.
El colmo del buen tono era para nosotros los muchachos de aquella generación, convidarnos mutuamente a tomar piña y helados y emborracharnos con vino de Champaña o de Burdeos. Pastas malas, peor vino, detestables chascarrillos y vocerío más detestable todavía, tales eran en resumen aquellas orgías, acabadas tirando el punch por la mesa llena de cosas revueltas, y marchándose cada uno a su casa con dolor de cabeza y hedores de tabaco concentrado.
Otros había a quienes repugnaba la bestialidad de aquellas orgías y se esmeraban en dar las más exquisitas comidas a la moda de Francia. Snobs de otra índole, pero snobs al fin y al cabo.
Luego había los snobs que llamábamos pisaverdes. Jimmy que, alrededor de las cinco de la tarde, salía hecho un brazo de mar, con su camelia en el ojal, sus botines de charol y sus guantes de cabritilla, que estrenaba dos veces al día; Jessamy, semejante a un escaparate de joyería, asno cargo de relicarios, que por todos lados brillaba con tanta cadena, tanta sortija y tales botones de camisa; Jacky, capaz de perder un imperio antes que faltar al paseíto por la carretera de Blenheim, donde triunfaba majestuoso, con zapatito bajo, medias de seda y pelo rizado. Los tres snobs se jactaban de ser los dictadores de la moda en la Universidad.
Y aun teníamos los snobs del sport, que hablan una especie de caló desconocido del vulgo, y se pasan la vida en las cuadras, disputando sobre caballos y jugando a los dados o a las cartas; los snobs de taberna y los de regatas, variedades que se encuentran igualmente fuera de la Universidad.
Los castizamente universitarios eran los snobs filósofos, que ensayaban el papel de hombres de Estado en una especie de conferencias ortopédicas para la palabra, convencidos de que el gobierno tenía fija la vista en la Universidad para sacar de ella los oradores que necesitaban en la Cámara de los Comunes. Entre ellos se distinguían los librepensadores, que profesaban la religión de no creer en nada ni en nadie, a no ser en Robespierre y en el Corán, y hacían votos para que llegara prontamente el día en que “el último cura fuera ahorcado con las tripas del último rey”, con aplauso de los pueblos, despertados por las luces de la razón pura.
Quedan, por fin, entre los snobs universitarios, los que se abren la sima en que deben perecer, impulsados por la manía de copiar a los más ricos que ellos; perdidos de deudas, borrachines inveterados, a costa de las privaciones de un padre o de una madre que se quitan el pan de la boca para que el niño tenga su carrera.

Sobre poesía


A veces los poetas escriben acerca de la señora que los desvela, tratan de darnos con palabras una idea de qué es esa cosa que llaman poesía, mediante una operación mágica en la que contenido y continente -tema y forma, o como prefieran- se envuelven mutuamente hasta ya no saber si de la mariposa crece un capullo o viceversa.


De la poesía
El poeta Madariaga había adquirido un haras. Con caballos de raza. Caballos de mucha alzada, petisos, y caballitos muy pequeños obtenidos a través de sutiles entrecruzamientos y técnicas refinadísimas. Su intención no era prepara caballos de carrera, aunque los tenía velocísimos y muy codiciados por varios studs. Su propósito aparente era obtener nuevas especies de caballos. Caballos que en realidad no iban a parecer caballos.
Tenía padrillos de diversas razas: enormes, silenciosos, de impresionante apostura y yeguas ardientes, huidizas y buscadoras a la vez. Tenía peones y técnicos avezados y tenía también un proyecto muy audaz que mantenía en absoluta reserva. Sí, había mucha actividad en ese haras (“Don Eusebio” se llamaba).
Al término de la jornada, y tras la cena, se producían discusiones, a veces enconadas, entre los biólogos, los zoólogos y Madariaga.
-A Uds. les falta imaginación -solía decir Madariaga-, formación literaria, les falta saber mitológico.
-Puede ser -le respondían-, pero sabemos lo que no puede hacerse.
-No es sólo eso; Uds. no creen que sea posible ahora lo que alguna vez fue posible -insistía Madariaga.
-Hay un límite para los cruzamientos y las hibridaciones, y, en todo caso, no están dadas las condiciones para que aparezca un nuevo animal sobre la tierra. Además nada sabemos sobre la clase de animal que Ud. pretende conseguir -le respondían.
Al llevar a este punto de la conversación, Madariaga callaba prudentemente.
El Dr. Pi, que solía asistir a esas reuniones, poco a nada decía, pero lo intrigaban los planes de Madariaga. Cierta noche en que Pi permanecía, como de costumbre, ajeno a la conversación de Madariaga con los sabios y se dedicaba a observar los distintos objetos que decoraban el amplio salón comedor, se sintió atraído por una porcelana.
-Una porcelana valiosa, no hay duda -se dijo.
Pero ¿por qué le había interesado tanto? Se acercó a la porcelana, la tomó entre sus manos; era una hermosa pieza. Sin embargo, algo le decía que ese objeto lo atraía por algo más que por su valor artístico. La porcelana tenía la forma de un centauro. Quizá fuese Quirón, el prudente.
-Una pieza de valor, ¿verdad, Madariaga?
Este se limitó a asentir y prosiguió conversando con los sabios.
-Hasta estamos obteniendo caballos que cada vez se parecen menos a caballos: las cabezas, especialmente, son cada vez más diferentes de las cabezas de los caballos comunes.
-¿Qué se propone Ud.? -preguntó el Prof. Héctor Maldonado.
-Todavía es prematuro decirlo. Prosigan sus experiencias en esa dirección y luego hablaremos.
Fue entonces cuando tomó la palabra el Prof. von Krausen.
-Hemos de acompañarlo -dijo-, hasta un cierto punto de su investigación, experimento o como quiera llamarlo. Le daremos un plazo (un mes, digamos), si al cabo de ese lapso Ud. no nos confiesa cuál es el fin que persigue con todo esto, le anunciamos desde ya que no tendremos más remedio que abandonarlo.
-Sería una lástima, una gran lástima, me vería obligado a recurrir a servicios menos eficientes y eso lo echaría todo a perder.
El Dr. Maldonado, más conciliador, se acercó a Madariaga.
-Comprenda -dijo- que no es posible que trabajemos a oscuras. Debe darnos alguna pista para descifrar este enigma.
-Bien -contestó Madariaga-, les daré esa pista que me piden: la solución de ese enigma, como Ud. lo llama, está en esta misma habitación.
Los científicos se miraron asombrados. Sólo el Dr. Pi encontró en esas palabras la confirmación de una ligera sospechas, que había surgido al observar la porcelana. Ahora veía claro: el poeta Madariaga se proponía volver a la vida al centauro Quirón.
Nada dijo Pi al respecto. Tampoco comentó nada sobre el particular con los científicos. Otras ocupaciones, obligaciones o vocaciones lo absorbieron. Nunca supo cómo habían terminado esos experimentos. Pi tiene una curiosidad intensa, pero muy diversificada, por eso no podemos saber hoy si el centauro es sólo una porcelana junto a un tapiz o ha vuelto a vivir, y aconseja y orienta. Quizá Madariaga pueda decirlo.
Edgar Bayley


El poeta y la musa
Vienes de la eternidad y vuelves a la eternidad.
No tienes odio.
No tienes amor.
No tienes hambre ni sed.
Tienes el aire frío de quien sobrepasó el mundo sensible y resuelve darle una señal de su condescendencia.
La línea de las montañas, la línea del horizonte y la línea de tu alma se desdoblan delante de ti como un anteproyecto de eternidad.
Estás desligada de la generación que te trajo al mundo.
Anulas mi interés por el espectáculo de la existencia.
Me miras serenamente, pasas la mano por mis cabellos y me llamas tu criatura grande.
Esperas que yo disminuya mi humanidad quedar junto a ti, sin acción, sin impulsos, observando apenas el desarrollo del tiempo, el ciclo de las estaciones, el curso de los astros, los cambios de color del cielo y del océano…
Seremos dos estatuas confabulando.
Entonces los acontecimientos no actuarán más sobre mí.
Y yo sobrevolaré la vida física.
Y tocaré el espíritu de la musa.
Murilo Mendes


Búsqueda de la poesía
No hagas versos sobre acontecimientos.
No hay creación ni muerte frente a la poesía.
Ante ella, la vida es un sol extático,
no calienta ni ilumina.
Las afinidades, los aniversarios, los incidentes personales no cuentan.
No hagas poesía con el cuerpo,
Ese excelente, completo y confortable cuerpo, tan indefenso a la efusión lírica.
Tu gota de bilis, tu careta de gozo o de dolor en la oscuridad
son indiferentes.
Ni me reveles tus sentimientos,
que prevalecen sobre el equívoco e intentan el largo viaje.
Lo que piensas y sientes, eso todavía no es poesía.
No cantes a tu ciudad, déjala en paz.
El canto no es el movimiento de las máquinas ni el secreto de las casas.
No es música oída al pasar; rumor del mar en las calles junto a la línea de espuma.
El canto no es la naturaleza
ni los hombres en sociedad.
Para él, lluvia y noche, fatiga y esperanza nada significan.

La poesía (no saques poesía de las cosas)
elude sujeto y objeto.

No dramatices, no invoques.
No indagues. No pierdas tiempo en mentir.
No te aborrezcas.
Tu yate de marfil, tu zapato de diamante,
vuestras mazurcas y abusos, vuestros esqueletos de familia
desaparecen en la curva del tiempo, son algo inservible.

No recompongas
tu sepultada y melancólica infancia.
No osciles entre el espejo y la
memoria en disipación.
Si se disipó, no era poesía.
Si se quebró, cristal no era.

Penetra sordamente en el reino de las palabras.
Allí están los poemas que esperan ser escritos.
Están paralizados, pero no hay desesperación,
hay calma y frescura en la superficie intacta.
Están allí solos y mudos, en estado de diccionario.
Convive con tus poemas, antes de escribirlos.
Ten paciencia, si son oscuros. Calma, si te provocan.
Espera que cada uno se realice y consume
con su poder de palabra
y su poder de silencio.
No fuerces al poema a desprenderse del limbo.
No recojas del suelo el poema que se perdió.
No adules al poema. Acéptalo
como él aceptará su forma definitiva y concentrada
en el espacio.
Acércate y contempla las palabras.
Cada una
tiene mil rostros secretos bajo el rostro neutro
y te pregunta, sin interés por la respuesta,
pobre o terrible, que le dieras:
¿Trajiste la llave?

Fíjate:
huérfanas de melodía y de concepto,
ellas se refugiaron en la noche, las palabras.
Todavía húmedas e impregnadas de sueño,
ruedan en un río difícil y se transforman en desprecio.
Carlos Drummond de Andrade


Ah, mis amigos, habláis de rimas…
Ah, mis amigos, habláis de rimas
y habláis finamente de los crecimientos libres…
en la seda fantástica que os dan las hadas de los leños
con sus suplicios de tísicas
sobresaltadas
de alas…

Pero habéis pensado
que el otro cuerpo de la poesía está también allá, en
el Junio de crecida,
desnudo casi bajo las agujas del cielo?

Qué haríais vosotros, decid, sin ese cuerpo
del que el vuestro, si frágil y si herido, vive desde
“la división”,
despedido del “espíritu”, él, que sostiene
oscuramente sus juegos
con el pan que él amasa y que debe recibir a veces,
en un insulto de piedra?

Habéis pensado, mis amigos,
que es una red de sangre la que os salva del vacío,
en el tejido de todos los días, bajo los metales del aire,
de esas manos sin nada al fin como las ramas de Junio,
a no ser una escritura de vidrio?

Oh, yo sé que buscáis desde el principio el secreto de la tierra,
y que os arrojáis al fuego, muchas veces, para encontrar el secreto…
Y sé que a veces halláis la melodía más difícil
que duerme en aquéllos que mueren de silencio,
corridos por el padre río, ahora, hacia las tiendas del viento…
Pero cuidado, mis amigos, con envolveros en la seda de la poesía
igual que en un capullo…
No olvidéis que la poesía,
si la pura sensitiva o la ineludible sensitiva,
es asimismo, o acaso sobre todo, la intemperie sin fin,
cruzada o crucificada, si queréis, por los llamados sin fin
y tendida humildemente, humildemente, para el invento del amor…
Juan L. Ortiz


Ah, que tú escapes
Ah, que tú escapes en el instante
en el que ya habías alcanzado tu definición mejor.
Ah, mi amiga, que tú no querías creer
las preguntas de esa estrella recién cortada,
que va mojando sus puntas en otra estrella enemiga.
Ah, si pudiera ser cierto que a la hora del baño,
cuando en una misma agua discursiva
se bañan el inmóvil paisaje y los animales más finos:
antílopes, serpientes de pasos breves, de pasos evaporados,
parecen entre sueños, sin ansias levantar
los más extensos cabellos y el agua más recordada.
Ah, mi amiga, si en el puro mármol de los adioses
hubieras dejado la estatua que nos podía acompañar,
pues el viento, el viento gracioso,
se extiende como un gato para dejarse definir.
José Lezama Lima


Uno escribe en el viento
Que por qué, que hasta cuándo, que si voy a dormir noventa meses,
que moriré sin obra, que el mar se habrá perdido.
Pero yo soy el mar, y no me llamo arruga
ni volumen de nada.

Crezco y crezco en el árbol que va a volar. No hay libro
para escribir el sol. ¿Y la sangre? Trabajo
será que me encuadernen el animal. Poeta
de un tiro: guerrillero.

Me acuerdo, tú te acuerdas, todos nos acordamos
de la galaxia ciega desde donde vinimos
con esta luz tan pobre a ver el mundo.
Vinimos, y eso es todo.

Tanto para eso, madre, pero entramos llorando,
pero entramos llorando al laberinto
como si nos cortaran el origen. Después
el carácter, la guerra.

El ojo no podría ver el sol
si él mismo no lo fuera. Cosmonautas, avisen
si es verdad esa estrella, o es también escritura
de la farsa.

Uno escribe en el viento: ¿para qué las palabras?
Árbol, árbol oscuro. El mar arroja lejos
a los pescados muertos. Que lean a los otros.
A mí con mis raíces.

Con mi pueblo de pobres. Me imagino a mi padre
colgado de mis pies, y a mi abuelo colgado
de los pies de mi padre, porque el minero es uno,
y además venceremos.

Venceremos. El mundo se hace con sangre. Iremos
con las tablas al hombro, y el fusil. Una casa
para América hermosa. Una casa, una casa.
Todos somos obreros.

América es la casa: ¿dónde la nebulosa?
Me doy vueltas y vueltas en mi viejo individuo
para nacer. Ni estrella ni madre que me alumbre
lúgubremente solo.

Mortal, mortuorio río. Pasa y pasa el color,
sangra y sangra mi pueblo, corre y corre el sentido.
Pero el dinero pudre con su peste las aguas.
Cambiar, cambiar el mundo.

O dormir en el átomo que hará saltar el aire en cien mil víboras,
cráter de las ciudades bellamente viciosas.
Cementerio volante: ¿dónde la realidad?
Hubo una vez un niño.
Gonzalo Rojas


Sobre nuestra moral poética
no confundir, somos poetas que escribimos
desde la clandestinidad en que vivimos.
no somos, pues, cómodos e impunes anonimistas:
de cara estamos contra el enemigo
y cabalgamos muy cerca de él, en la misma pista.
y al sistema y a los hombres
que atacamos desde nuestra poesía
con nuestra vida les damos la oportunidad de que se cobren,
día tras día.
Roque Dalton


Rebelión contra el espíritu crepuscular de la poesía moderna
Quisiera sacudir el letargo de éste nuestro tiempo y dar
por sombras, formas de poder,
hombres, a cambio de sueños.

“¿Es mejor soñar que hacer?”
¡Sí! y ¡No!
¡Sí! si soñamos grandes actos, hombres enérgicos,
corazones ardientes, pensamientos poderosos.

¡No! si soñamos en pálidas flores,
en la lenta pompa de horas que caen lánguidamente
como frutos pasados de árboles marchitos;
así, vivimos y morimos sueños, ni vida.
¡Gran Dios, danos vida en los sueños!
¡No distracción, sino vida!

Seamos hombres que sueñan, no cobardes,
especulando, esperando
que el Tiempo muerto despierte y nos otorgue un bálsamo
para males sin nombre.

Gran Dios, si estamos condenados a no ser hombres sino sueños solamente,
¡entonces seamos sueños que hagan temblar al mundo,
y sepamos gobernarlo, aunque sólo seamos sueños!
¡Seamos tales sombras que hagan temblar al mundo,
y sepamos ser los amos, aunque sombras solamente!

Dios Poderoso, si los hombres sólo son espectros pálidos y enfermos
que deben vivir en esta niebla y en estas luces mitigadas
y temblar por las horas oscuras que llaman ruidosamente
o dejan al pasarlos su huella violenta,
gran Dios, si éstos tus hijos se han convertido en algo tan efímero,
te mando que agarres el caos y engendres
alguna otra prole titánica que junte las colinas
y agite esta tierra nuevamente.
Ezra Pound